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10.5.20

Los abrazos papales

Ya que no podemos abrazarnos a causa del coronavirus (Covid-19)
retomo la reflexión sobre "los abrazos papales", de gran significado
para el diálogo ecuménico o diálogo entre las Iglesias cristianas
(sobre todo entre cristianos católicos y cristianos ortodoxos)
que Oriente y Occidente se sigan abrazando mutuamente
aunque, por el confinamiento, aún no podamos...


En el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos... (comenzado por Paul Watson en 1905 y continuado hasta hoy -2020- en todo el mundo...), ofrezco esta breve reflexión:
 
(Reflexión sobre los abrazos entre Papas y Patriarcas ortodoxos en los siglos XI-XXI)
 
Abrazo entre el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Atenágoras I, y el Papa (Patriarca de Roma, Occidente), Pablo VI
Jerusalén ("Tierra Santa"), 1964
(910 años después del Cisma de Oriente, en 1054, en que Roma y Constantinopla se alejaron definitivamente;
previamente al abrazo, ambos líderes cristianos revocaron las sendas excomuniones que se habían dado en 1054)

Abrazo entre el Papa Francisco (Patriarca de Occidente) y el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé
Jerusalén ("Tierra Santa"), 2014
Encuentro acordado por ambos, a los 50 años del abrazo entre sus predecesores, Pablo VI y Atenágoras I, respectivamente

 
1. La Ortodoxia, de acutalidad [1]
 
De todas las Iglesias orientales, la Iglesia Ortodoxa es la más importante y la que cuenta con más miembros[2]. Los últimos datos publicados dicen que las Iglesias ortodoxas cuentan, en conjunto, con unos 250 millones de fieles, siendo la Iglesia Ortodoxa Rusa, con 165 millones, la más numerosa[3].
 
La Ortodoxia oriental tiene una Iglesia especial, la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla, cuya cabeza es el Patriarca Ecuménico de Constantinopla (antes Bizancio, hoy Estambul), representante, cabeza simbólica, espiritual y en cierto modo organizativa de toda la Ortodoxia oriental.
 
Es una Iglesia no muy grande en número, pero sí que fue antiguamente la 2ª Roma, la Roma de Oriente...
De hecho, a partir del siglo XVI, la otra gran Iglesia, la Ortodoxa Rusa, quiso hacer de Moscú la 3ª Roma... (porque la Roma italiana era la primera, estaba claro; y la 2ª Roma era Constantinopla —todos lo sabían—; y, por tanto, la otra gran sede eclesial, la 3ª Roma, querían o quisieron que fuera Moscú...)
 
 
2. El reciente abrazo entre Francisco y Bartolomé I
 
El abrazo del Patriarca ortodoxo de Constantinopla con el Papa de los católicos representa el reencuentro de los apóstoles y hermanos Andrés (en la persona del actual patriarca Bartolomé I) y Pedro (en la persona del papa Francisco)[5].
 
Esto es tanto como decir: el reencuentro de las dos grandes Iglesias —la ortodoxa y la católica—. Ambas Iglesias fueron hermanas durante el primer milenio de la cristiandad (podríamos decir: desde el año 30, por ejemplo, [aproximado de la muerte y resurrección de Jesús] hasta el año 1054, cuando el cisma de Oriente).  
  
Encuentro y abrazo entre Francisco y Bartolomé I en el Vaticano (2013), un año antes de ir a Tierra Santa.
Este abrazo no fue tan sonado, evidentemente, pero preparó el reciente abrazo en Tierra Santa (2014).
   

3. Un milenio desde aquella separación...
  
Pero al comenzar el segundo milenio (en 1054) sobrevino la separación (como a veces ocurre entre hermanas..., pero, precisamente por ser hermanas, esa separación dura poco... y a los pocos días o a las pocas horas, alguna de ellas, si no ambas a la vez, después de reflexionar, se levantan, se ponen en camino hacia su hermana y le piden perdón: porque son hermanas y tienen un mismo Padre, que es el Dios de las misericordias, Dios del consuelo, Dios del perdón...).
 
Pero... está a punto de pasar el segundo milenio desde entonces —o sea: 1054-2054—, estamos de camino al año 2054 (total quedan 40 años hasta entonces: 2014-2054), de camino a esa fecha simbólica..., parece que ambas Iglesias se apresuran a reencontrarse, a perdonarse, a curarse las heridas producidas por la incomprensión, por el alejamiento, las sospechas, la falta de caridad...
 
Y por eso, hoy, vuelve a ser noticia la Ortodoxia.
Y vuelven a estar de moda los abrazos papales y patriarcales.


4. El valor de los abrazos

El abrazo entre un papa católico y un patriarca ortodoxo (y, en general, entre dos grandes lídderes o jefes de Iglesias) va más allá de un simple signo: supone un marcado compromiso por la unidad, la misma que Cristo quiso para los que estaban llamados a la salvación.

El papa Francisco y el patriarca Bartolomé I han puesto de actualidad a la Ortodoxia, con sus abrazos, sus gestos en Tierra Santa[6] y el mensaje conjunto que ambos hicieron público[7] con ocasión del 50º aniversario del primer abrazo entre el Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla, 910 años después del cisma de Oriente (1054-1964): el que se dieron Pablo VI y Atenágoras I en 1964, un año antes de finalizar el Concilio Ecuménico Vaticano II; abrazos reproducidos por los sucesores de ambos hasta hoy[8].

El Papa Benedicto XVI ya se encontró y se abrazó con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I (ver aquí). Como tantas otras cosas del pontificado de Benedicto XVI, ésta pasó desapercibida para la opinión mediática, pero no para los verdaderos observadores de la marcha de las Iglesias, y para los cristianos comprometidos de Oriente y de Occidente.

 
5. Los abrazos papales ecuménicos[9]

Los abrazos papales tiene gran significado e importancia. Hay que huir de las poses y tácticas político-estratégicas[10]; hay que evitar el «ecumenismo romántico», que podríamos llamar sentimental, traducido en un abrazo: «¡Si todo fuera tan simple como darse un abrazo!»[11]. A salvo todo ello, los abrazos papales facilitan el posterior diálogo teológico, precedido por un acercamiento de afectos, de posturas, de entendimientos[12].

Los abrazos entre los representantes de las respectivas iglesias tienen su misión, pues «nosotros jamás podremos llegar a la unidad en un congreso de teología. Hay que caminar juntos, rezar juntos, trabajar juntos», como ha afirmado el papa Franciso en la rueda de prensa informal que tuvo con los periodistas a bordo del avión que le llevaba de vuelta a Roma, tras el reciente viaje a Tierra Santa[13], en el que han sido muy llamativos sus abrazos con judíos y musulmanes (así como los abrazos con los líderes políticos de Israel y Palestina[14], en el Vaticano, en el encuentro realizado posteriormente a dicho viaje, siendo fruto del mismo).

Abrazos no sólo ecuménicos, sino también interreligiosos: el gesto de un abrazo papal..., viene a ser el símbolo del abrazo de 3 religiones: cristianos, judíos y musulmanes, las tres grandes religiones monoteístas, presentes en Tierra Santa (Israel, Palestina, Jordania, Líbano, Siria, Egipto...): el siempre conflictivo Oriente Próximo... Un abrazo por la paz...


Como muestra, un botón. Uno de los mejores cronistas españoles del Concilio Vaticano ii, habiendo desestimado los abrazos (ubicándolos en el “ecumenismo romántico”) en su crónica de unos días antes, ahora se corrige a sí mismo con gallardía y aboga por ellos:

«La mejor noticia del día: también la Iglesia griega de Constantinopla tendrá en esta tercera sesión observadores oficiales. Hoy se ha sabido que, aparte del archimandrita Scrima, representante personal de Atenágoras, vendrán dos observadores oficiales: los profesores Romandis y Radopoulos. ¿Quién dijo que el abrazo de Jerusalén [entre Pablo vi y Atenágoras] había resultado un gesto estéril?[15] Nunca ha habido un amor estéril. Y nunca sopló el viento sin que la barca avanzase unas pulgadas. Hoy registramos con gozo el nuevo avance. Dios sea bendito. Y muchos ojos comienzan a ponerse en la reunión de Rodas, dentro de mes y medio[16]. ¿Veremos llegar ya en esta sesión a los representantes de todas las otras Iglesias ortodoxas que aún faltan?»[17]. Según el cálculo del P. Congar, hubo en el Vaticano ii hasta 98 observadores[18].
 
 
 
 




[1] La relación ortodoxo-heterodoxo, en Edward G. Farrugia (dir), Diccionario Enciclopédico del Oriente Cristiano (en adelante: DEOC), Editorial Monte Carmelo, Burgos 2007, p. 321.
[2] Christopher O’Donnell – Salvador Pié-Ninot, Diccionario de Eclesiología, Editorial San Pablo, Madrid 2001, p. 513.
[3] Ecclesia 74 (2014), p. 406.
[5] VV. AA., «Andrés y Pedro: reencuentro en Jerusalén», en Ecclesia 74 (2014), pp. 745, 747, 750-751, 773, 779. (Incluye: reportaje, varias noticias, comentarios y documentación diversa al respecto.)
[6] Cf. Ecclesia 74 (2014), pp. 825, 827, 829, 846-861; Vida Nueva n. 2.897 (7-13 de junio de 2014), pp. 1, 6, 32-33, 36-37, 40; Ecclesia 74 (2014), pp. 785, 787, 789-793, 816-822; Vida Nueva n. 2.896 (31 de mayo al 6 de junio de 2014), pp. 1, 5-6, 8-15; Ecclesia 74 (2014), pp. 745, 747, 750-751, 773, 779; Vida Nueva n. 2.895 (24 al 30 de mayo de 2014), pp. 1, 5, 23-30, 42-43.
[7] Francisco y Bartolomé I, «Peregrinación a Tierra Santa con ocasión del 50 aniversario del encuentro en Jerusalén entre el papa Pablo vi y el patriarca Atenágoras (24-26 de mayo de 2014). Declaración conjunta» (25.5.2014), mensaje publicado con otro título en el semanario religioso madrileño Ecclesia 74 (2014), pp. 847-848. A éste, ha seguido un discurso (tras el encuentro) a Su Santidad Aram I, Catholicós de la Iglesia Armena Apostólica de Cilicia, el 5 de junio pasado (sobre el título de katholicós, cf. DEOC, p. 376). Los encuentros se suceden con normalidad; y, tras ellos, los mensajes, discursos y declaración de intenciones por ambas iglesias en pro de la reconciliación, de la unidad y de la justicia (justicia-paz).
[8] «A partir del 1054 el nombre del papa dejó de mencionarse en la liturgia [ortodoxa], como signo evidente de la ruptura de la comunión (...). A pesar de los intentos de unión llevados a cabo en el concilio de Lyon ii (1274) y en el concilio de Florencia (1439), a mediados del siglo xv el cisma era total. Esta ruptura suponía un vivo contraste con la situación del primer milenio, descrita así por el Vaticano ii (...) (UR 14)» (Diccionario de Eclesiología, p. 513). Hubo una breve unión (8 años) bajo el emperador Miguel Paleólogo: cf. DEOC, p. 445. Un breve perfil necrológico del Papa Juan Pablo II (al poco de morir en 2005) redactado por el Patriarca de Constantinopla Bartolomé I, aquí.
[9] También el ecumenismo se entiende como conversión; por ejemplo, la obra colectiva editada por P. Sgroi – R. Giraldo (a cura di), Ecumenismo come conversione. Omaggio a Tecle Vetrali. I.S.E. “S. Bernardino” (Quaderni di Studi Ecumenici), Venezia 2007.
[10] Cf. Hans Küng, Verdad conquistada. Memorias, Trotta, Madrid 2007 (4ª ed.), pp. 538-539.
[11] José Luis Martín Descalzo, Un periodista en el Concilio. Segunda Etapa (t. 2), Propaganda Popular Católica (colección "Cosas de Dios", 19), Madrid 1963 (3ª ed.), p. 211.
[12] Sobre el ecumenismo, las Iglesias ortodoxas y otras Iglesias orientales: cf. Diccionario de Eclesiología, pp. 381-384 (cf. ib., pp. 373-392). Ver DEOC, p. 141 (monasterio de Chevetogne), 163-164 (concilios ecuménicos); 165-167, 496-497 (Congregación vaticana para las Iglesias orientales, creada en 1917), 207-209 (diálogos entre ortodoxos y católicos), 216-217 (presencia de los dominicos en Bari), 223-225 (eclesiología), 226-229; 342-343 (revista Irenikon), 347-348 (revista Istina), 488-490 (término griego "oikonomia", para entender el origen etimológico, teológico, espiritual y pastoral del "ecumenismo"), 552-555 (asociación o movimiento Pro Oriente, impulsado por el cardenal Franz König, arzobispo de Viena y gran protagonista del Concilio Vaticano II).
[13] En la revista semanal madrileña Vida Nueva n. 2.896 (31 de mayo al 6 de junio de 2014), p. 14.
[14] Sobre Palestina, cf. DEOC, pp. 516-520; y sobre Jerusalén, ver ibíd., pp. 355-359.
[15] Acerca de Pablo vi, cf. DEOC, pp. 512-513; sobre Atenágoras, ver ibíd., pp. 90-92.
[16] La I Conferencia Panortodoxa fue en Rodas, 1961; luego, la II y la III se celebraron también en Rodas, coincidiendo curiosamente con los tiempos de preparación y de celebración del Concilio Vaticano II; véase Diccionario de Eclesiología, p. 382. Sobre los ortodoxos: ver DEOC, pp. 165, 327, 449 (cuestión del catecismo ortodoxo); 43-44, 249-250, 605-606, 631 (ortodoxos en América); 80-82, 98-99, 464-465 (Asiria, Iglesia Asiria); 92 (Monte Athos); 121-122, 454-456 (ortodoxos en Bulgaria); 138-139 (en la República Checa y en Eslovaquia); 141-142 (en Chipre); 182-183, 456-458 (ortodoxos coptos); 245-246 (ortodoxos en Eritrea); 264 (en Estonia); 265-266, 294-296, 301 (en Etiopía); 283-284 (en Finlandia); 302-305, 407-408, 409-411, 458 (en Georgia); 273-277, 308-310, 458-460 (en Grecia); 325-326 (en Hungría); 351-352 (en Japón); 418-419 (en Macedonia); 438-439 (Iglesia Melquita); 540-541 (ortodoxos en Polonia); 575-576 (en Rumanía); 285, 360-361, 378, 460-461, 463-464, 576-579, 607-608, 656-658 (en Rusia); 608-9 (en Serbia); 616-617 (en el Monte Sinaí); 502-507, 612-613, 620-623; 625-626; 631-632, 655-656 (teología ortodoxa); 378, 576, 677-680 (ortodoxos en Ucrania); 691-692 (cuestión del Viejo Calendario en el seno de la Ortodoxia); 321 (la corriente espiritual ortodoxa del hesicasmo); 92, 449-461 (monaquismo ortodoxo); 54-55, 204-207 (relaciones de los ortodoxos con los anglicanos); 207-209 (relaciones de los ortodoxos con los católicos); 209-210, 508-509 (relacines de los ortodoxos con los luteranos).
[17] J. L. Martín Descalzo, Un periodista en el Concilio. Tercera Etapa (t. 3), Propaganda Popular Católica (colección "Cosas de Dios", 26), Madrid 1965, p. 54.
[18] Yves Congar, Diario de un teólogo [1946-1956], ed. de É. Fouilloux, Trotta, Madrid 2004. Sobre Congar: Diccionario de Eclesiología, pp. 225-228; Juan Bosch (dir.), Dominicos que dejaron huella. A propósito de los 700 años de la Provincia Dominicana de Aragón, Edibesa, Madrid 2000; Id., A la escucha del cardenal Congar, Edibesa, Madrid 1994. Ver también La Vie Spirituelle 92 (2012), pp. 221-242. Finalmente, sobre el Concilio Vaticano II, ver DEOC, pp. 686-688.

Más información: aquí (fuente de la 2ª foto) y aquí (otro encuentro de Benedicto XVI y Bartolomé I).
 

23.2.18

Figuras del Adviento y de la Cuaresma: JUAN, el hijo de Zacarías - JUAN, el Bautista


Juan, hijo de Zacarías


1. Una forma antigua de llamar a las personas
 
Sabemos que la sociedad judía del siglo I a.C. era machista (mucho más lo eran las sociedades de su entorno); y que la mujer no contaba mas que como una posesión de su marido, que era quien en realidad contaba: el padre, cabeza de familia agrícola o ganadera de signo patriarcal («Tu esposa será como parra fecunda en la intimidad de tu casa; tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa. Así es bendecido el varón que teme al Señor»: Salmo 128[127],3).

Esto se denotaba al llamar a las personas: se llamaba a los varones (no a las mujeres, mas que en excepciones), que eran conocidos por su filiación paterna, eran “hijos de su padre”, no “de su madre” o “de su padre y de su madre”. Por ejemplo: los apóstoles Santiago y Juan, hermanos, vienen designados como “de Zebedeo” o “los de Zebedeo”, nombre del padre de ambos, pero nunca se les llama “los de su madre” (de hecho, no se dice el nombre de su madre, ya que la única vez que aparece [Mt 20,20-21] se la denomina “madre de los hijos de Zebedeos”: solo cuenta en función de haber engendrado a 2 varones, hermanos entre sí e hijos de Zebedeo, marido de ella). Solo los exegetas dicen que era Salomé (Mc 15,40-41; 16,1), de las 3 mujeres seguidoras de Jesús.


2. Juan, el de Zacarías
 
Figura del Nuevo Testamento. Es el primer personaje humano que aparece como protagonista en algunos Evangelios, como el de Marcos (Mc 1,4) o el de Juan (Jn 1,6). (Mateo antecede la genealogía jesusana; Lucas se dirige primero a Teófilo, luego habla de Juan: Lc 1,5-25; 41.44.57-80; 3,1-22: es quien más datos da de él: nombre de su padre, Zacarías; nombre de su madre, Isabel –dar el nombre de la madre es, pues, aquí, la excepción que confirma la regla).

Pero es que Lucas se fija en especial en las mujeres: tanto en su evangelio de la infancia (Lc 1-2) como en el resto. En aquél habla de: mujer 1, mujer 2 (Isabel y María); varón 1, varón 2 (Zacarías y José); niño 1 y niño 2 (Juan y Jesús). Responde a un esquema ‘típico’, basado en varios typos, en función de la fe en Dios de cada una de esas personas (tipos de fe, modelos de fe). Centrémonos en el ‘niño 1’: Juan, el hijo de Zacarías.
 
Juan (el de Zacarías, el Bautista) es una figura de Adviento
(pero también es una figura de la Cuaresma)


Juan, el Bautista
 
3. Juan, el Bautista 
 
Normalmente es éste el nombre que le damos, el que nos es más conocido y agradable a los oídos. Pero no era su función primordial; solo es ésa la función que aparece primera en los evangelios (repetida en los cuatro), y por eso la tradición le puso ese sobrenombre: el bautista.
Pero hay “otro” Juan, el el que nació y creció sin haber nunca bautizado a nadie. Era el Juan, hijo de Zacarías. Volvamos, pues, al hilo del discurso que dejamos en el apartado anterior.


Juan (el bautista, el hijo de Zacarías), pintado por Leonardo Da Vinci

 

4. Dos Juanes (que son el mismo): el de Zacarías (Adviento) y el Bautista (Cuaresma) 
 
Digamos que la liturgia actual (postconciliar) ha creado dos personajes distintos o un mismo personaje pero diferenciado según los momentos litúrgicos. Es nuestro Juan, como vemos.
 
Para Adviento los liturgistas seleccionan unos textos donde sale Juan, pero no se hace hincapié en su función de bautizar; eso se deja para después.
En la Cuaresma –el 'después'– sí que aparece este personaje en su función más conocida, la de bautizar, para la conversión. Porque bautismo y conversión van unidos íntimamente: el de Juan es un bautismo de conversión. El de Jesús lo será en el Espíritu.

Y en Adviento ¿qué? En Adviento, Juan predica, amonesta, da testimonio; pero antes, mucho antes de eso, en Adviento Juan nace del seno de Isabel, otro personaje del Adviento, al igual que su padre Zacarías (cobra menos importancia que su mujer); Juan es niño –por un lado– y es mayor –por otro–.

Juan es anunciado, es nacido, es crecido... Juan se marcha de casa (suponemos) y se pone a predicar. Parte de eso lo tenemos en Adviento y parte lo tendremos en Cuaresma.

Los dos Juanes: Juan el de Zacarías y Juan el Bautista; uno para Adviento y otro para Cuaresma (al gusto del consumidor litúrgico).
Juan de Adviento y Juan de Cuaresma. En Adviento: nos quedamos con el Juan de Adviento: el hijo de Zacarías. Y en Cuaresma: nos quedamos con el Juan de Cuaresma: el Bautista.

 

19.12.17

Figuras del Adviento: el "resto" de Israel

Ya nos avecinamos al final del Adviento. En realidad estamos en el IV Domingo de Adviento, pero al tener esta 4ª semana de Adviento pocos días hábiles (sábado 23, domingo 24), y ya entrar de lleno en la Navidad (vigilia del domingo 24 al lunes 25, lunes 25...), viene a ser como un preludio de la Navidad, una especie de 'larga víspera' de la Natividad.

Por eso, propongo ahora una curiosa figura de Adviento, que en realidad no es una figura sino un colectivo de ellas: unas cuantas, unas muchas, bastantes..., quizá innumerables. Es el grupo englobado bajo la expresión "el resto de Israel".

¿Y quiénes formaban parte de ese resto de Israel? Los piadosos, los devotos, los temerosos de Dios, los que escuchaban la Palabra de Dios y la cumplían, los que esperaban al Mesías (aunque con ideas muy distintas y, aún, muy dispares y contrapuestas)... Entre ellos se encuentran María la Virgen, su esposo José, la pariente de María llamada Isabel, el esposo de ésta: Zacarías, el niño de ambos: Juan (luego llamado el Bautista); también, otros personajes que no aparecen ahora y que aparecerán en el tiempo litúrgico de Navidad, como el anciano Simeón, y la anciana Ana; o los pastores (aunque quizá no fueron previamente tan conscientes de la espera-venida del Señor, y solo lo fueron más tarde, cuando el anuncio del ángel... o tal vez, por ser sencillos, estaban más predispuestos...).

¿Cómo formar parte hoy de ese 'resto de Israel'? Cronológicamente hablando es imposible, claro está. Pero si 'el nuevo Israel' viene a ser la Iglesia de Cristo (la universal, toda unida), así como la Jerusalén de entonces es la Jerusalén de hoy (ciudad histórica, geográfica), pero la Jerusalén celeste es la "ciudad santa" en que viviremos en la vida eterna..., entonces, de algún modo misterioso y no del todo explicable, podemos formar parte hoy del 'resto del nuevo Israel', de la Iglesia que peregrina y que espera a su Señor (la misma que ha repetido durante todo el Adviento: «Ven, Señor Jesús» (en himnos y responsorios).

Como el Señor Jesús ya vino (venida histórica -1ª), viene cada día (venida existencial y dinámica o espiritual -2ª) y vendrá al final de los tiempos (venida teológica -concretamente 'escatológica' en cuanto que habla del 'ésjaton', que en griego viene a ser el final de este tiempo y el inicio del tiempo no cronológico sino del tiempo eterno de Dios -que llamamos 'vida eterna'-, y que mientras tanto, andamos en el tiempo cronológico, que también puede ser salvífico ['kairós'] -3ª- mientras peregrinamos en fe por el tiempo concreto de nuestra vida/existencia en la tierra y nos dejamos salvar por Dios). Como esas tres venidas se dan o se darán en nuestra Historia, podemos abrirnos en la 2ª venida, que es la más cercana para nosotros, con el fin de que espiritualmente venga Jesucristo a nuestra vida, casa, trabajo, grupo, movimiento, comunidad, ciudad, espíritu, iglesia...

Por tanto, imitando las actitudes de espera esperanzada, de paciente espera, de activa espera, como tuvieron todos y cada uno de esos mencionados personajes de Adviento que conforman el grupo del resto de Israel, imitándoles, pues, nos convertimos en el nuevo resto de Israel, que sigue esperando a su Señor, aun sabiendo que ya vino y que vendrá definitivamente; pero, por eso mismo, durante el 'mientras' (el ya pero todavía no) nos pertrechamos con las armas del Adviento (fe, alegría, esperanza, paciencia, misericordia, servicio, silencio, escucha, oración, entrega, aceptación,...). Todas estas 'armas' espirituales las hemos ido viendo o percibiendo a lo largo de las diversas 'figuras del Adviento' (desde Isaías hasta Juan -de Zacarías-, pasando por las varias perspectivas de la Virgen María). Ahora nos toca a nosotros, cada uno en particular, decidir si estamos dipuestos a ser parte...


(Fuente de la última imagen: "Oración para la víspera de la Navidad")

20.8.17

Profecía de Zacarías: paz en Jerusalén

 La lectura primera del Oficio de Lecturas de ayer (jueves de la XXVIII semana del Tiempo Ordinario -en el oficio coral católico-) traía un largo pasaje: todo el capítulo 8 del Libro del Profeta Zacarías o Profecía de Zacarías (que encontramos en el Antiguo Testamento, entre los llamados "Profetas Menores", libro que se halla entre el del Profeta Ageo y el del Profeta Malaquías -éste es el último libro de la Biblia hebrea; por tanto Zacarías es el penúltimo, tanto de la Biblia hebrea como del Antiguo Testamento para nosotros).


Para entender mejor quién es el autor y su época, qué dice en su profecía y porqué, copio dos párrafos de una introducción al Profeta Zacarías (que se hallará en la Biblia editada por la editorial San Pablo, a cargo del biblista Evaristo Martín Nieto y su equipo de colaboradores).

«Zacarías ("el Señor se acuerda") nació probablemente en el seno de una familia sacerdotal (cf. Zac 1,1; Neh 12,4.16), y ciertamente sus vaticinios tienen un marcado sello levítico. Comenzó su carrera profética unos dos meses después que Ageo (cf. Zac 1,1 y Ag 1,1.15), con el que coincidió un mes, durante el que se apoyaron mutuamente en la exhortación a reconstruir el templo. Él continuó su ministerio dos años más, entre el 520-518 a.C., durante el reinado de Darío de Persia, sucesor de Cambisés (Zac 1,1.7). Tiene, como Ageo, la preocupación por la restauración del templo; pero su preocupación principal fueron los valores morales, la pureza y santidad de vida (cf. Zac 7,5s.9s; 8,19). Se considera a sí mismo como continuador de los profetas anteriores (cf. Zac 1,4; 7,7.12).
Cronología del período del Profeta Zacarías (520-518 a.C.)
»Los autores están de acuerdo en que la primera parte del libro es del profeta Zacarías (capítulos 1 al 8). (...). En la primera parte la preocupación está en la restauración del templo (...).
»El contexto histórico de la primera parte es el de Ageo, bajo el dominio persa y con no pocas dificultades para llevar a cabo la reconstrucción del templo. (...).
»La primera parte (caps. 1-8) contiene una introducción (1,1-6), ocho visiones con sentencias proféticas a modo de comentario, (...), y un apéndice mesiánico (7,1-8,23). En ella el profeta trata de llevar un mensaje de fe y esperanza a la comunidad ante las adversidades que sufre: Dios dará la salvación, pero exige previamente la conversión. El contenido fundamental es el anuncio de la era mesiánica, que vendrá con seguridad y pronto. Se caracterizará por la reconstrucción del templo y de Jerusalén (1,16; 8,3), la vuelta de todos los dispersados (2,8; 4,5; 6,15; 7,7s), la venida de Dios a la ciudad reconstruida (8,3), el aniquilamiento de las naciones opresoras de Judá (2,1-4), la conversión de las naciones (2,15; 8,20-23), la destrucción del pecado (3,9; 5) y el establecimiento de la paz (3,10; 8,12)».
    
«Pedid la paz para Jerusalén:
"Que vivan tranquilos tus amigos,
que reine la paz dentro de tus muros
y tranquilidad en tus palacios".
Por mis hermanos y compañeros,
diré: "La paz esté contigo".
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo la felicidad»
(Sal [122] 121, 6-9)

(Jerusalén, en hebreo Yerushaláyam, tiene dentro de sí la raíz de la palabra shalom, paz; por eso es llamada también Ciudad de paz o Ciudad de la Paz) 

  
Profecía de Zacarías
Capítulo 8 (versículos 1-8)

Perspectivas de salud mesiánica
1 El Señor todopoderoso m dirigió esta palabra:
Esto dice el Señor todopoderoso:
2 «Estoy enamorado de Sión
con un amor lleno de celos,
y una gran cólera se enciende en mí a favor suyo».
3 Esto dice el Señor omnipotente:
«Vuelvo a Sión
y habitaré en Jerusalén.
Jerusalén será llamada
de nuevo ciudad fiel,
y la montaña del Señor omnipotente,
montaña santa».
4 Esto dice el Señor omnipotente:
«Ancianos y ancianas
se sentarán todavía
en las plazas de Jerusalén;
tendrán un bastón en su mano
a causa de sus muchos años,
5 y las calles de la ciudad
estarán llenas de niños y niñas
que jugarán en sus plazas».
6 Esto dice el Señor omnipotente:
«Si el resto de este pueblo juzga
que esto es imposible,
¿lo tendré yo que juzgar también
como imposible?»,
palabra del Señor omnipotente.
7 Esto dice el Señor omnipotente:
«Libraré a mi pueblo
del país de oriente
y del país de occidente;
8 yo los traeré
para que habiten en Jerusalén.
Ellos serán mi pueblo,
y yo seré su Dios
en la fidelidad y en la justicia».


¡Qué bellas imágenes utiliza el profeta Zacarías!:
    
1) los ancianos -que se sirven ya del bastón, por la muy larga edad y los achaques- que hablan tranquilamente en las puertas de las casas, en las plazas del pueblo, de la ciudad;
2) los niños que juegan en las plazas, en las calles de la ciudad y del pueblo...

Si los ancianos siguen viviendo es que ha habido un tiempo largo de paz, en el cual han perseverado pacíficamente las personas hasta llegar a su ancianidad, en paz, y pueden compartirlo con otros ancianos -llegar a la ancianidad no sería una excepción, sino la regla- y compartir tranquilamente el tiempo vivido, las vivencias de un tiempo pasado...

Si los niños juegan en la calle es que las calles y las plazas de la ciudad no están ocupadas por los ejércitos en guerra o por los bandidos o por los francotiradores... Si las calles están llenas de niños y de niñas, es que las calles están limpias de guerra, llenas de paz, y los niños las llenan de su alegría, de su jolgorio e inocencia, de su algarabía, que alegra la ciudad y da esperanza a los mayores: esos niños jugando muestran la paz de la ciudad...



«Los hijos son un regalo del Señor;
el fruto de las entrañas, una recompensa.
Como flechas en manos del guerrero,
así son los hijos de la juventud;
dichoso el que llenó de ellos su aljaba»
(Sal [127] 126, 3-5a)

 Bibliografía recomendada:
Un sencillo folleto para leer y entender el libro del Profeta Zacarías,
junto con otros profetas menores:
Cuadernos bíblicos, nº 90 - Ediciones Verbo Divino, Estella (Navarra)

11.4.17

Resurrección del Señor (noche del Sábado Santo, mañana y tarde del Domingo de Resurección y octava de Pascua): sinopsis de los 4 Evangelios


Una vez presentada la sinopsis de los 4 Evangelios (como material de ayuda o complementario) para las celebraciones del Jueves Santo (tarde [aquí] y noche [aquí]), del Viernes Santo (tarde y noche [aquí]), presento aquí lo equivalente -los textos bíblicos encajados unos con otros, cronológicamente hablando, tomados de los 4 Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan)- correspondientes a la celebración de la gran Vigilia Pascual, .«la madre de todas las vigilias» (S. Agustín), la misa del día del Domingo de Resurrección, la misa vespertida del mismo Domingo de Resurrección, así como toda la Octava de Pascua, durante cuyos días se van ofreciendo al pueblo de Dios cada uno de esos textos.


RESURRECCIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

SEGÚN LOS CUATRO EVANGELISTAS

(Desde la Resurrección hasta las apariciones en Galilea)


La Resurrección del Señor 
(domingo de resurrección por la mañana)


Un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, hizo rodar la losa del sepulcro y se sentó en ella

(Mt 28,1-4 – Mc 16,1-4 – Lc 24, 1-3 – Jn 20,1)

Pasado el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a embalsamarlo. El primer día de la semana, muy de madrugada, al rayar el alba, antes de salir el sol, volvieron al sepulcro llevando los aromas preparados. Iban diciéndose: “¿Quién nos rodará la losa de la puerta del sepulcro?”. De pronto hubo un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, hizo rodar la losa del sepulcro y se sentó en ella. Su aspecto era como un rayo, y su vestido blanco como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos. [Las mujeres] levantaron los ojos, y se encontraron con que la piedra había sido rodada del sepulcro; era muy grande. Entraron en el sepulcro y no encontraron el cuerpo de Jesús, el Señor.
 
 

Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto

(Lc 24,12 – Jn 20,2-10)

Entonces [María Magdalena] fue corriendo a decírselo a Simón Pedro y al otro discípulo preferido de Jesús; les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Pedro y el otro discípulo, se levantaron y salieron corriendo hacia el sepulcro los dos juntos. El otro discípulo corrió más que Pedro, y llegó antes al sepulcro; se asomó y vio los lienzos por el suelo, pero no entró.
En seguida llegó Simón Pedro, se asomó, entró en el sepulcro y sólo vio los lienzos por el suelo; el sudario con que le habían envuelto la cabeza no estaba en el suelo con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte. Entonces entró el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó; pues no había entendido aún la Escritura según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. Los discípulos se volvieron a su casa, maravillados de lo ocurrido.

(muy importante este texto anterior: "vio y creyó"; porque la Resurrección del Señor es el mayor signo: para que creamos, para que viéndolo, creamos, como creyó aquel discípulo amado de Jesús;
el resto de cosas que vendrán después, con ser muy importantes, nacen y surgen de esta anterior:
la fe en la Resurrección... porque si no creemos, entonces... ya nos pueden contar la Biblia en verso...)


“No está aquí. Ha resucitado. Va delante de vosotros a Galilea”

(Mt 28,5-7 – Mc 16,5-7 – Lc 24,4-8)

Entraron en el sepulcro y, al ver a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, se asustaron y bajaron los ojos. Mientras estaban desconcertadas por esto, se presentaron dos varones con vestidos deslumbrantes. Pero el ángel, dirigiéndose a las mujeres, les dijo: “No os asustéis; sé que buscáis a Jesús nazareno, el crucificado. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado, como dijo. Venid, ved el sitio donde lo pusieron. Recordad lo que os dijo estando aún en Galilea, que el hijo del hombre debía ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y resucitar al tercer día”. Ellas se acordaron de estas palabras. [Y continuó:] “Id en seguida a decir a sus discípulos y a Pedro: Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como él os dijo”.



“¡María!”. “¡Rabbuní!”

(Jn 20,11-17)

María se quedó fuera, junto al sepulcro, llorando. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Contestó: “Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto”. Al decir esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: “Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, y yo iré a recogerlo”. Jesús le dijo: “¡María!”. Ella se volvió y exclamó en hebreo: “¡Rabbuní!” (es decir, “¡Maestro!”). Jesús le dijo: “Suéltame, que aún no he subido al Padre; anda y di a mis hermanos que me voy con mi Padre y vuestro Padre, con mi Dios y vuestro Dios”.


Aquellas palabras les parecieron un delirio, y no las creían

(Mt 28,8 – Mc 16,8-11 – Lc 24,9-11 – Jn 20,18)

Ellas salieron huyendo y se alejaron a toda prisa del sepulcro, porque se había apoderado de ellas el temor y el espanto, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo. Regresaron del sepulcro; con miedo y gran alegría corrieron a llevar la noticia a los discípulos y contaron todo a los once y a todos los demás. Jesús resucitó al amanecer del primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había lanzado siete demonios. María Magdalena fue a decir a los discípulos, a los que habían andado con él, que estaban llenos de tristeza y llorando, que había visto al Señor y a anunciarles lo que él le había dicho. Ellos, al oír que vivía y que ella lo había visto, no lo creyeron. Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas las que decían estas cosas a los apóstoles. Aquellas palabras les parecieron un delirio, y no las creían.


Jesús salió a su encuentro

(Mt 28,9-10)

De pronto Jesús salió a su encuentro y les dijo: “Dios os guarde”. Ellas se acercaron, se agarraron a sus pies y lo adoraron. Jesús les dijo: “No tengáis miedo; id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán”.


“Decid que sus discípulos fueron de noche y lo robaron”

(Mt 28,11-15)

Mientras ellas se iban, algunos de los guardias fueron a la ciudad y contaron a los sumos sacerdotes todo lo que había ocurrido. Éstos se reunieron con los ancianos y acordaron en consejo dar bastante dinero a los soldados, advirtiéndoles: “Decid que sus discípulos fueron de noche y lo robaron mientras dormíais. Y si eso llega por casualidad a oídos del gobernador, nosotros le convenceremos y conseguiremos que no os castigue”. Ellos tomaron el dinero e hicieron como les habían dicho. Y este rumor se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy.


Dos de ellos se dirigían a Emaús

(Lc 24,13-35)

Aquel mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos trece kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos; mientras ellos hablaban y discutían, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar con ellos. Pero estaban tan ciegos que no lo reconocían. Y les dijo: “¿De qué veníais hablando en el camino?”. Se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, llamado Cleofás, respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha sucedido en ella estos días?”. Él les dijo: “¿Qué?”. Ellos le contestaron: “Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo, cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, pero a todo esto ya es el tercer día desde que sucedieron estas cosas. Por cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dejado asombrados: fueron muy temprano al sepulcro, no encontraron su cuerpo y volvieron hablando de una aparición de ángeles que dicen que vive. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron todo como las mujeres han dicho, pero a él no lo vieron”. Entonces les dijo: “¡Qué torpes sois y qué tardos para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que Cristo sufriera todo eso para entrar en su gloria?”. Y empezando por Moisés y todos los profetas, les interpretó lo que sobre él hay en todas las Escrituras. Llegaron a la aldea donde iban, y él aparentó ir más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque es tarde y ya ha declinado el día”. Y entró para quedarse con ellos. Se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces sus ojos se abrieron y lo reconocieron; pero él desapareció de su lado. Y se dijeron uno a otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Se levantaron inmediatamente, volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a sus compañeros, que decían: “Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. Ellos contaron lo del camino y cómo lo reconocieron al partir el pan.


“¡La paz esté con vosotros!”

(Jn 20,19-23)

En la tarde de aquel día, el primero de la semana, y estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: “¡La paz esté con vosotros!”. Y les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Él repitió: “¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros”. Después sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos”.


“Ved mis manos y mis pies.

Soy yo mismo”

(Lc 24,36-49)

Estaban hablando de todo esto, cuando Jesús mismo se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con vosotros”. Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Él les dijo: “¿Por qué os asustáis y dudáis dentro de vosotros? Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocadme y ved que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como ellos no creían aún de pura alegría y asombro, les dijo: “¿Tenéis algo de comer?”. Le dieron un trozo de pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. Luego les dijo: “De esto os hablaba cuando estaba todavía con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”. Entonces les abrió la inteligencia para que entendieran las Escrituras. Y les dijo: “Estaba escrito que el mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que hay que predicar en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Sabed que voy a enviar lo que os ha prometido mi Padre. Por vuestra parte quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto”.


Tomás no estaba con ellos cuando llegó Jesús

(Jn 20,24-29)

Tomás, uno de los doce, a quien llamaban “el Mellizo”, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “Hemos visto al Señor”. Él les dijo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creo”. Ocho días después, estaban nuevamente allí dentro los discípulos, y Tomás con ellos. Jesús llegó, estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: “¡La paz esté con vosotros!”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás contestó: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús dijo: “Has creído porque has visto. Dichosos los que creen sin haber visto”.

Ella fue a decírselo a los que habían andado con él

(Mc 16,9-16)

Jesús resucitó al amanecer del primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había lanzado siete demonios. Después de esto se apareció con una figura distinta a dos de ellos en el camino, cuando iban al campo. Éstos volvieron a dar la noticia a los demás, pero tampoco les creyeron. Después se apareció a los once estando a la mesa, y les reprendió su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado de entre los muertos.


Jesús se manifestó de nuevo a los discípulos en el mar de Tiberíades

(Jn 21,1-14)

Jesús se manifestó de nuevo a los discípulos en el mar de Tiberíades. Fue de este modo: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás “el Mellizo”, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Le contestaron: “Nosotros también vamos contigo”. Salieron y subieron a la barca. Aquella noche no pescaron nada. Al amanecer, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿tenéis algo que comer?”. Le contestaron: “No”. Él les dijo: “Echad la red al lado derecho de la barca y encontraréis”. La echaron, y no podían sacarla por la cantidad de peces. Entonces el discípulo preferido de Jesús dijo a Pedro: “Es el Señor”. Simón Pedro, al oír que era el Señor, se vistió, pues estaba desnudo, y se echó al mar. Los demás discípulos llegaron con la barca, ya que no estaban lejos de tierra, a unos cien metros, arrastrando la red con los peces. Al saltar a tierra, vieron unas brasas y un pescado sobre ellas, y pan. Jesús les dijo: “Traed los peces que acabáis de pescar”. Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, no se rompió la red. Jesús les dijo: “Venid y comed”. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: “¿Tú quién eres?”, pues sabían que era el Señor. Entonces Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio; y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que se apareció a los discípulos después de haber resucitado de entre los muertos.
 

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

(Jn 21,15-19)

Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Pedro le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”. Jesús le dijo: “¡Apacienta mis corderos!”. Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”. Jesús le dijo: “¡Apacienta mis ovejas!”. Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Pedro se entristeció porque le había preguntado por tercera vez si lo amaba, y le respondió: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Jesús le dijo: “¡Apacienta mis ovejas!”. “Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te sujetabas la túnica con el cinturón e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás tus manos, otro te la sujetará y te llevará adonde tú no quieras”. Dijo esto para indicar con qué muerte iba a glorificar a Dios. Después añadió: “¡Sígueme!”.


Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas

(Jn 21,20-24)

Pedro se volvió y vio que lo seguía el discípulo preferido de Jesús, el que en la pascua se recostó en su pecho y le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que te va a entregar?”. Pedro, al verlo, dijo a Jesús: “Señor, y éste, ¿qué?”. Jesús le dijo: “Si yo quiero que éste se quede hasta que yo venga, a ti ¿qué? Tú sígueme”. Y entre los hermanos se corrió la voz de que aquel discípulo no moriría. Y no le dijo que no moriría, sino: “Si quiero que él quede hasta que yo venga, a ti ¿qué?”. Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y el que las ha escrito; y sabemos que su testimonio es verdadero.
 

Fueron a Galilea. “Id y predicad el evangelio”

(Mt 28,16-18 – Mc 16,15-18)

Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús había señalado, y, al verlo, lo adoraron. Algunos habían dudado hasta entonces. Jesús se acercó y les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. El que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea se condenará. A los que crean les acompañarán estos prodigios: en mi nombre echarán los demonios; hablarán lenguas nuevas; agarrarán las serpientes y, aunque beban veneno, no les hará daño; pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.


Se separó de ellos y subió al cielo

(Mt 28,19-20 – Mc 16,19-20 – Lc 24,50-53)

Jesús, el Señor, después de haber hablado con ellos, los sacó hasta cerca de Betania. Levantó las manos y los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos y subió al cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Ellos lo adoraron y se volvieron a Jerusalén llenos de alegría. Se fueron a predicar por todas partes. Estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios. El Señor cooperaba con ellos y confirmaba su doctrina con los prodigios que los acompañaban.


Estos milagros han sido escritos para que creáis. Otras muchas cosas hizo Jesús

(Jn 20,30-31; 21,25)

Otros muchos milagros hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el mesías, el hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre. Otras muchas cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, me parece que en el mundo entero no cabrían los libros que podrían escribirse.

Detalle de la Resurrección del Señor (pintado por "El Greco")

(Fuentes de las imágenes: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí; y más textos y reflexiones aquí)