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18.11.16

Padrenuestro de la Alegría (C. Seoane)

(En homenaje a Carlos Seoane, que celebra estos días su cumpleaños, republico esta antigua entrada de agosto de 2013)


Curiosamente me encontré -como se encuentran las cosas interesantes: por curiosidad- el siguiente vídeo del cantautor católico Carlos Seoane (en vivo y en directo) ante un público entregado, al que regalaba El Padrenuestro de la Alegría, canción suya de buen humor y sobre el buen humor de Dios.

Creo que es muy bueno, muy justo y muy necesario tenerlo en cuenta y practicarlo, rezarlo, cantarlo, y reírse de uno mismo, de las tontadas (o "babosadas", como dicen en Nicaragua) que uno va esparciendo por ahí sin darse cuenta..., reírse de lo malo para transformarlo en bueno y, a la vez, provocar sonrisas, evitar caras largas -como dice el mismo Seoane- dentro de la Iglesia... El mismo Papa Francisco ya ha echado su trece de bastos al asunto: y es que no para de sonreír, de bromear con propios y ajenos, de soltar pequeños dardos humorísticos ante las grandes y pequeñas asambleas... ¡Genial!

Aquí, pues, el enlace al vídeo mencionado, tomado de Religión en Libertad, donde lo vi recientemente:


La letra de la canción es muy sencilla; la pongo aquí:

«Padre nuestro que estás en la alegría,
que sea cada día santificado tu gozo.
Que venga, Señor, tu risa a nuestras caras
y en cielo y tierra se haga tu buen humor.
Y danos hoy nuestra sonrisa cotidiana;
perdónanos porque nos cuesta contagiarla,
como nosotros perdonamos caras largas
Y no nos dejes creer que esta vida es amarga.
Y líbranos del mal... humor, líbranos del mal humor».
 
.

8.7.12

Vista (adivinanza)

(El siguiente texto describe algo -sin nombrarlo- a base de descripciones basándose en el sentido de la vista; ¿sabrías adiviar de qué se trata?. La solución, más abajo.)


VISTA

Observando la pared lisa, pintada en los años cincuenta imitando un zócalo marrón que reproduce a modo de taracea aumentada a palmos unos cuadrados toscos, rayados difusamente en diagonal, formando una espiral descendente figurando un rombo en el interior del cuadrado, unas leves modificaciones de la superficie pigmentada rompen la monotonía y el aburrimiento, activan la imaginación fomentando el juicio rápido (“habrá sido por descuidos…”, “qué poca atención”, etc.). En el intradós del vano de la ventana se aprecia con más nitidez. Es una invasión del blanco calcáreo o enyesado de la parte superior de la pared antigua, en el supuesto y mal imitado zócalo,  por naturaleza oscuro y llamativo (algo más que el resto del muro). Unas hendiduras, en definitiva, causan el desequilibrio de la imagen. Son pequeñas muescas que asoman por encima de los colores burdos, de la pésima imitación. Da la impresión del resultado de unos golpes fortuitos, cuyas consecuencias están ubicadas de forma que hace difícil pensar qué pudo haber sido, qué las causaron. Sin embargo, algo hace pensar que hay más… Por la noche, cuando todo queda en silencio, se escucha un roer, roer, roer, discontinuo, pues a veces cesa. Esto indica que no se trata de ser inerte sino vivo, no como los colores de la pared: bien muertos. A la mañana siguiente, por pura curiosidad, se acerca la mirada a la superficie en cuestión para advertir lo que pudo pasar desapercibido en el primer acercamiento. Los sentidos se agudizan, especialmente porque no se escucha sonidos, pero hay una huella delatadora: polvillo en el suelo. Algo asoma en la muesca, como una cabeza diminuta de algo desconocido (por ahora). Seboso, pringoso y poco halagüeño aparece tras la obra interna del lienzo arquitectónico el cadáver de un ser no inerte hasta hace poco. La materia sale afuera, el pseudoyeso. Poco a poco, pero va minando por dentro. Hasta que el lienzo se deshaga. De ello son conscientes los que están de paso en la casa y, principalmente, los dueños.
























Solución: unas termitas.
Otra solución posible (pensando en madera, no en pared): carcoma.

(Escrito el 08.10.2003)