14.6.12

Las glorias del Carmelo en un grabado de 1854

Propongo al lector una lectura inusitada para los tiempos que vivimos. En nuestro siglo, heredero del de las Luces francesas (XVIII-XIX), ya no se acepta nada si no está comprobado, pesado y medido y, por tanto, controlado, fichado y totalmente verificado.

Hago este aviso intuyendo la extrañeza que pueda causar el hecho de que aquí se vengan a recordar antiguallas de tal calaña como la que trato de explicar. Y es que la liturgia del Carmelo Teresiano fue revisada ya tras el Concilio Vaticano II, en la segunda mitad del siglo XX, hace ya unos 40 años. Y muchos de aquellos santos que el Carmelo se apropiaba quedaron fuera del santoral propio, se extrajeron de las celebraciones carmelitanas. ¿Qué sentido tenía, pues, celebrar a una mujer del siglo quinto después de Cristo cuando la Orden, los carmelitas de la Antigua observancia (los calzados, para aclararnos), se formó a finales del siglo XII e inicios del siglo XIII? ¿O incluir a los profetas del Antiguo Testamento, antes del nacimiento de Jesucristo, cuando, obviamente la Orden era cristiana y no pre-cristiana? Hubo que revisar.

Pero entonces, en 1854, fecha en que se hizo y se divulgó el grabado en cuestión, no había acontecido todavía esa revisión litúrgica y, por tanto, histórica. La historia de las dos órdenes —el Carmelo de la Antigua observancia y el Carmelo Teresiano— todavía creían a pies juntillas que veníamos del profeta Elías, que la Orden se había fundado en el siglo IX antes del mismísimo Jesucristo y que, en consecuencia, éste cuando era niño, acompañado de sus padres, la Virgen María y san José, pasaba algunas veces por el Monte Carmelo, cuna de la Orden, de camino de Nazaret a Jerusalén (en las lógicas peregrinaciones al Templo, que en el tiempo de Jesús existían). Pues bien, aun sabiendo de la falta de fundamento histórico de tal grabado, me atrevo a presentarlo porque fue una expresión de las tradiciones del Carmelo.

 
El grabado se realizó en Madrid, en el mes de mayo de 1854, concretamente, en la litografía de S. González, situada entonces en la calle de Santa Clara, número 8 (como figura impreso al pie de la lámina). Este grabado de grandes dimensiones representa, según su título, a «Nuestra Señora del Carmen con los Santos de su Orden», es decir, a la Virgen y a 34 santos cuyas figuras se proponían a los frailes y a las monjas de la época, todos ellos hijos espirituales de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz, como modelos para seguir e imitar en la virtud.

Es un rectángulo presentado a modo de retablo o retícula con 6 casillas de ancho por 8 de alto. En el centro, ocupando el lugar correspondiente de 16 casillas, se halla un gran casetón en el que ocupa el máximo lugar la circunferencia que contiene a la Virgen del Carmen, flanqueada a los cuatro ángulos del cuadrado por las cuatro figuras más importantes hasta la época en sendas circunferencias: los dos antiguos padres fundadores (los profetas Elías y Eliseo, celebrados, respectivamente, el 20 de julio y el 14 de junio), la madre fundadora-reformadora (santa Teresa de Jesús, cuya fiesta ha sido siempre el 15 de octubre) y el padre cofundador-correformador (san Juan de la Cruz, celebrado por entonces el 24 de noviembre).


Acompañan a cada una de éstas y de las otras figuras los elementos por los que son mejor conocidos (cruz, pluma, espada, crucifijo, báculo y mitra [obispos], cruz y tiara [papas], libro, corazón, Niño Jesús, ángel con flecha, etc.). Hay que aclarar, antes de seguir, que gran parte de las figuras contenidas en dicho grabado no fueron carmelitas (ni calzadas ni descalzas), entre ellos los dos papas san Telesforo y san Dionisio; o las madres del Desierto, como Eufrasia y Eufrosina; o bien algunos obispos de los primeros tiempos (Cirilo, Espiridión, Serapión, Gerardo). Sin embargo, tanto el patriarca de Jerusalén san Alberto como el obispo san Pedro Tomás, fraile este último, eran y siguen siendo celebrados en la liturgia por su pertenencia a la Orden o bien por su afecto a la misma, como S. Alberto, que aprobó la primera regla de la Orden, muy parecida a la actual y seguida igualmente en las dos órdenes religiosas del Carmelo.

De todas esas figuras, quería llamar la atención sólo de unas pocas, que tienen una presencia muy cercana para nosotros, en el Desierto de Las Palmas. En este convento, cuyo terreno abraza unas 320 hectáreas, existen o han existido edificaciones más o menos sencillas dedicadas a alguno de los santos que ahora elencaré. Esas construcciones son o ermitas o antros. Estos últimos pueden ser llamados también grutas, si así se entiende mejor.

Así, pues, tenemos: la Ermita de San Elías (profeta), que ya no existe; la Ermita de Santa Teresa de Jesús y la Ermita de San Juan de la Cruz, existentes ambas, pero esta última reubicada en el sitio del Desierto. En relación con la primera que hubo en Las Palmas, la Ermita del Nacimiento de Nuestro Señor (1698), construyeron en el siglo XVII el Antro de San Elías. Encontraremos, además, dos antros “masculinos” y dos grutas “femeninas”; es decir, dedicadas cada una a figuras de varones o de mujeres. El Antro de San Alberto de Sicilia, hoy llamado de la Virgen del Equilibrio, cercano a la Ermita de los Desamparados y al actual restaurante; y el Antro del Beato Franco de Siena, cuya tradición oral lo ha convertido en santo. Ambos fueron carmelitas en la primitiva Orden. Y la Gruta de Santa Eufrasia, al inicio de la bajada al convento antiguo; y la Gruta de Santa Eufrosina, en el acceso al convento nuevo. Ambas mujeres nutrieron el desconocido grupo de “Madres del Desierto”, en los primeros siglos de la cristiandad en el Oriente Próximo; Eufrasia, meretriz convertida, y Eufrosina, mujer-monje. Por último, notar que una de las figuras litúrgicas celebradas desde antiguo y, por tanto, presente en el grabado de 1854, es la Transverberación de Santa Teresa. Lo traigo a colación porque éste es el titular del convento nuevo del Desierto y de su iglesia. La memoria del corazón transverberado de la Santa se celebra el 26 de agosto; el día siguiente, cada año, desde el 27 de agosto de 1796, en que se inauguró el convento actual, celebramos la solemnidad de la dedicación de una iglesia, la iglesia (o comunidad eclesial) del Santo Desierto de Las Palmas.

Para acabar, unas notas sobre algunas figuras carmelitanas. San Alberto de Sicilia (o de Trápani) nació en esa región italiana en fecha desconocida pero murió hacia 1307 y fue muy conocido y famoso gracias al agua bendecida con sus reliquias, que antaño curaba las fiebres. Seguimos celebrándolo en el año litúrgico el 7 de agosto. No así al beato Franco de Siena, que cayó del santoral con la reforma litúrgica. Vivió en el siglo XIII y murió el 1291. Su culto fue atorizado por el papa Clemente X en 1670 en la diócesis italiana de Siena y en las dos órdenes. De santa Teresa y de san Juan de la Cruz, solo me queda decir que aquélla fue tempranamente beatificada (1614) y canonizada (1622); mientras que con éste tardaron más: 1675 y 1726 son los años de su beatificación y canonización, respectivamente. Cuando ambos habían muerto casi a la par: Teresa en 1582 y Juan en 1591. Entre los siglos XIX y XX ambos santos se han unificado más en la cercanía a los frailes y en su culto, devoción y estudio. Los centenarios de sus muertes, en 1882 y 1891 (siglo XIX) y en 1982 y 1991 (en el siglo XX) han fijado unos hitos difíciles de lograr para otras figuras del Carmelo, exceptuando a la pequeña Teresa (1873-1897), quien ha marcado récords de fama y popularidad desde su muerte hasta el día de hoy, llegando a ser en menos de un siglo doctora, como sus padres espirituales.

fray Ignacio de la Palabra, ocd
(escrito el 25.11.2005)

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