25.9.13

Notas de lectura de un nieto del Concilio

(Publicado en Revista de Espiritualidad, Madrid, 2010, nº 277, pp. 607-614)
 
Tras los 45 años de la clausura del Concilio Vaticano II (1965-2010)[1] ofrezco una serie de notas personales de los diversos libros que han ido configurando mi reciente descubrimiento y disfrute del acontecimiento por antonomasia de la Iglesia católica en el siglo XX. 

 
Distingo entre padres, hijos y nietos del CVII. Para justificar esta distinción, argumento así: los Padres conciliares engendraron y dieron a luz el Concilio; los hijos sería la generación siguiente (v.gr., los del 68); y los nietos somos los que conformamos la generación subsiguiente: no vivimos en carnes propias la preparación ni la celebración conciliar ni el pontificado de Pablo vi, sino que somos producto de todo ello. Hijos del posconcilio, todo es nuevo para nosotros: el sufrimiento del antes, la pasión del durante y parte de la vivencia del después, con la visión de las cosas casi medio siglo más tarde.
 
Valga decir antes de empezar que ahora me siento muy a gusto entre todos los grandes teólogos conciliares (no digo ya conciliaristas o no, que eso es otro debate en el que no quiero meterme ahora) y que lo escrito aquí surge del respeto a todos ellos por su importante labor.
 
Todo empezó con las memorias de Hans Küng, dos gruesos volúmenes que van desde su nacimiento hasta inicios de los años 80, cuando pierde la missio docente, pasando por su vivencia pormenorizada del Concilio[2]. Leyéndolo empecé a familiarizarme con el ámbito suizo-alemán, bien lejano del español y del latino. Siempre la II Guerra Mundial por medio y, cómo no, el CVII, sobre cuya intrahistoria desvela muchos entresijos[3]. Entendí su periplo romano, aunque tal vez el autor se deja llevar por los estereotipos de la época, sin profundizar en las personas que no ha tratado personalmente (v.gr. Pío XII). Lo que eché en falta es mayor presencia de lo místico o al menos de alguna que otra interpretación espiritual (como en las memorias del card. Suenens); es todo como muy llano, muy directo y muy poco o nada por el camino indirecto; él convive con una conversa, Christa Hempel, y colabora con otra, Julia Ching, pero no presta atención (más aún, huye) de la orientación mística que tuvo su colega y colaborador Hans Urs von Balthasar –con su asistencia espiritual a Adriana von Speyr–, quizá por el rechazo de Küng a su tocayo de la propuesta de formar parte de cierta aventura fundacional de éste (instituto secular masculino). Llama la atención su proceso vocacional inicial en el Colegio germánico, cómo le impresionan ciertos jesuitas y cómo irá orientando su vida con el paso del tiempo. Son memorias y en ellas se desahoga el autor todo lo que quiere. Critica al belga mons. Philips como político demasiado diplomático y las interpretaciones de Küng no cesan de recordar la clave política. Tiene la suerte de vivir más años que algunos de sus colegas e incluso alumnos y eso le permite criticar las memorias de éstos ya publicadas (las de Lehmann; o las de Ratzinger, que tilda de insuficientes). Desde las primeras páginas se compara con el Papa y acaba por explicar la diferencia entre ambos diciendo que pertenecen a dos marcos de referencia opuestos, como le había ocurrido con otros teólogos y cardenales (que no con Suenens, aunque a éste le critica su último viraje en pro de los movimientos laicales). Algo positivo de sus memorias es que da los esquemas de sus obras: éstos sirven de buena introducción para quien no las haya leído o de resumen para el que ya las leyó. En estas memorias, muy eruditas en cuanto datos y fechas, se muestra tal cual es, dubitativo (le encantan los interrogantes en los títulos), provocativo y mediático (cf. algunas fotos ante multitud de medios de comunicación) y, en definitiva, tan radical que siempre crea polémica, allá donde va. Ya se lo decía el card. Döpfner, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana: dices cosas importantes, pero es que el modo de decirlas… o el tiempo de lanzarlas a la palestra… ¡Y eso que Döpfner era de los más avanzados entre los cuatro moderadores del CVII! (Hay que añadir que Küng siempre vibró más con Suenens que con ningún otro, aunque, por la lectura de las memorias de este último, me parece que la vibración no fue del todo mutua, pues sólo menciona a Küng de pasada.) Lo que muchos le critican es la repetida imprudencia; otros dirán que hay que lanzarse y abrir brecha en el pensamiento teológico o nos moriremos por tanta discreción… En fin, que con él el debate está servido. En el segundo tomo relata el affaire Küng: le quitan la missio canónica de su docencia eclesiástica, quedándose aún como profesor en la pública en virtud del Concordato alemán con la Santa Sede; éste fue fruto de las negociaciones del nuncio Pacelli (luego Pío XII) antes de la Guerra. ¡Qué paradojas tiene la historia!: le iba a salvar un producto del Papa tan criticado por él y a quien, como ritornelo, engloba en los Píos (beato Pío IX, S. Pío X, Pío XI y Pío XII), haciendo tabula rasa en negativo. Pareciera que juzga a todos y me pregunto si para contar la propia vida hace falta eso. Curiosamente, tanto con Juan Pablo II –al que sencillamente ignora– como con Benedicto XVI, su antiguo colega universitario, Küng ha mantenido su función sacerdotal, algo eclipsada en las memorias por su función académica, omnipresente en todas las páginas, pues siempre habla como «profesor». Con todo, he aprendido mucho con su lectura y me ha hecho buscar las memorias de otros.
 
Así que mi lectura prosiguió con la recopilación de escritos de los años 50 del P. Congar, op, en medio de su crisis preconciliar y de los sucesivos destierros o retiros forzados en lejanos conventos[4]. Mi primera impresión fue anotar: «¡Dios mío, cuánto sufrimiento!». Una conciencia tan delicada, tan sensible como la suya… y viéndose a veces decrépita, otras vencida, otras timorata, otras renacida, otras abandonada… Supongo que ésa fue su noche pasiva; luego surgió un Congar renovado, preparado para todos los golpes que recibiría en la Comisión preparatoria doctrinal del CVII; más callado trabajo durante el mismo, siendo capaz de publicar junto a Küng y de apoyar a Philips al mismo tiempo, siendo tal vez quien más redactó textos para unos y para otros. Philips no soportó el tirón y su corazón casi se rompe, por lo cual se tuvo que retirar; Congar quedó solo ante el peligro (que era mucho y muy grande), recibiendo al final de la corrida conciliar agradecimientos episcopales, que es lo que se llevan los religiosos que calladamente trabajan para ellos (ayer como hoy, mismo tiempo: ¿que no hubiera hecho lo mismo un P. Jesús Castellano de haber sido perito o consultor del Concilio?[5]). Lo único que no me gustó fue el tono de algunos comentarios de su editor: a veces irónico y pareciendo como más allá del bien y del mal. Menos mal que recordaba el buen gusto congariano que me dejó el ejemplo del P. Juan Bosch, op, tristemente desaparecido, que a punto estuvo de participar en el III Seminario del Desierto de Las Palmas, que trató sobre «El Diálogo» (celebrado en 2006)[6].
 
Después, dado ya el nivel de conocimiento que iba teniendo de los personajes principales, especialmente de los teólogos más activos y relevantes, pasé de las memorias a la biografía: la de Karl Rahner que hizo tan acertadamente su asistente Vorgrimler[7]. (Así, entre paréntesis, anoto que me llamó la atención alguna afirmación de Vorgrimler defendiendo tesis u opiniones de Rahner, también defendidas por H. Küng; pero la diferencia es que a uno le encausan posconciliarmente en el antiguo Santo Oficio y al otro no.) Con estos precedentes, y habiendo traspasado la barrera del miedo por haberme introducido ya en la lectura de la biografía de Rahner, me ayudé en esa tarea con un librito muy manejable que se sacó en el centenario de su nacimiento[8]. Ahí colaboraban el card. Lehmann, antiguo asistente suyo —a quien ponen listo tanto Küng como Vorgrimler—; un teólogo de la liberación jesuita (Jon Sobrino), un biógrafo rahneriano de primera (Günther Wassilowsky) y algún otro colaborador más (el jesuita Philip Endean, anglófono, muy interesante al presentar las dificultades de la traducción inglesa de las obras del teólogo alemán). Cinco artículos reunidos para orientar los diversos influjos ejercidos por Karl Rahner.
 
Al descubrir un interesante y manejable libro escrito por el cardenal Franz König (1905-2004), que fue arzobispo de Viena, me di de lleno a su lectura[9]. Resultó ser su libro póstumo en el que ha quedado plasmado su talante conciliador, aperturista y moderado al unísono, muy realista, poco político, amigo de la sencillez, con humor y atrevido, adelantando el futuro todo lo que es posible adelantarlo. En definitiva, una excelente lectura, recomendada para todos los públicos, al menos para los interesados en conocer mejor el espíritu del Concilio y entender sabiamente el posconcilio así como su influjo en nuestros días. La introducción del libro es un breve perfil del autor por parte de una periodista anglo-austríaca, colaboradora suya e incluso traductora, que ha sido la encargada de editar este último libro del cardenal.
 
Tras todas estas apasionantes lecturas, llegó la Navidad y por ese tiempo salió la última obra del jesuita Santiago Madrigal[10]. Resulta que este profesor de eclesiología en Comillas se ha dedicado a la prosopografía teológica conciliar: historiar el Concilio a partir de los diarios, las memorias, las autobiografías, las notas de prensa y otros materiales de primera mano surgidos de la pluma de los teólogos que participaron en el CVII. «Este libro está escrito para mí», me dije. Así que lo pedí para Reyes y éstos, magnánimamente, me lo trajeron. Devoré el libro, que usa los diarios de Congar y de Henri de Lubac; pero no se para ahí, también echa mano de las notas de mons. Philips y del P. Sebastian Tromp, quien también aparece en las memorias de Küng (Tromp fue estrecho colaborador del card. Ottaviani así como del Papa Pío XII). Con esta presentación me quedó claro que la opción que se tomó en el Concilio para desatascarlo al final fue la «vía Philips» (éste llegó a sustituir a Tromp), una solución de compromiso si se quiere, pero eficaz para buscar el consenso y el hecho de que unos y otros se pudieran reconocer en un mismo texto, lo cual es muchísimo más difícil de lo que unos y otros y los de más allá se creen. Mirando sus referencias bibliográficas, recordé un artículo que publicó en esta revista sobre la recepción del Concilio[11]; decidí centrarme más bien en un libro suyo publicado en 2005: en él reúne diez versiones del Concilio acompañadas con pinceladas biográficas sobre sus emisores[12]. Los diez protagonistas elegidos por Madrigal son: Y. Congar, el card. Suenens, el filósofo Jean Guitton, H. Küng, el escritor Gonzalo Torrente Ballester, la líder seglar Pilar Bellosillo, K. Rahner, el literato José Jiménez Lozano, el teólogo calvinista Karl Barth y el general de los jesuitas, P. Pedro Arrupe. Cada uno, un capítulo. Los capítulos no son equiparables, pues con Barth sólo da los esquemas de sus comentarios que ofreció a la Santa Sede (en las diversas congregaciones vaticanas) de los documentos conciliares, ya que no pudo participar en el Concilio. O también su ser jesuita le hace alargarse más en el capítulo dedicado a Arrupe, que apenas participó en la última sesión del CVII. Con todo, sirve a su autor para enlazar con el epílogo: «Iglesia, ¿qué has hecho con tu Concilio?». (Es curioso que no tenga una conclusión, quizá porque su autor sigue investigando en el mismo asunto y deja abierto el tema para ulteriores profundizaciones.)
 
Imprescindibles se hacen las crónicas del momento conciliar emanadas de la siempre amena pluma de José Luis Martín Descalzo, esos tomitos que sacó la editorial PPC en los años del Concilio[13]. Son necesarios para entender los ánimos, para observar las intervenciones que más importancia tuvieron, para tomar el pulso al ambiente de la Roma de los sesenta y de la Iglesia universal en vísperas del Concilio, a lo largo de su duración (en las cuatro sesiones, desde 1962 a 1965) y el regusto que quedó una vez clausurado y publicados los documentos. Justo en ese tiempo, el de la clausura, vio la luz otro librito en España que se dedicaba a presentar con sencillez y amenidad lo que su autor llama «propulsores del Concilio», como si de un cohete se tratara[14].
 
No acaba todo con estas lecturas, pues tras éstas vienen otras: como los deliciosos recuerdos del cardenal Suenens[15] o también la eclesiología de corte más oficial[16], que van completando necesariamente las visiones parciales de cada uno de los protagonistas. Sobre Rahner también se puede proseguir la profundización con una introducción muy asequible, en la cual aflora tanto su obra como su persona[17]; de nuevo se relacionan sus escritos dogmáticos con los de espiritualidad, haciendo hincapié, como ya lo hizo Vorgrimler en el mismo título de su biografía, en que hay una concordancia directa de su teología con su espiritualidad, pasando por el tamiz de la experiencia.
 
En definitiva, buenas lecturas para conocer de primera mano a los protagonistas del Concilio Vaticano II: qué sentían, cómo lo vivían, qué pensaban, cómo se influyeron unos a otros, cómo entendieron las cosas, qué sucesos les rodeaban y cómo se las arreglaron para sacar adelante un Concilio que, antes de empezar, muchos querían que fuera una cosa sencilla, rápida y más bien cerrada. ¡Qué diferencia! La cosa quedó abierta y bien abierta, de modo que hoy seguimos nutriéndonos de sus frutos. Y aquí he querido recoger algunos de ellos en forma de libros autobiográficos, biográficos, crónicas e introducciones. Gracias a todos: los autores, los compiladores, los traductores... y los lectores.


[1] Uso, a partir de ahora, la sigla CVII para referirme al Concilio Vaticano II.
[2] Hans Küng, Libertad conquistada, Trotta, Madrid 42007 [original de 2003], 624 páginas; Id., Verdad controvertida. Memorias, Trotta, Madrid 2009 [original de 2007], 766 págs. En el primer volumen trata más profundamente del Concilio; a ése volumen me refiero aquí.
[3] No es comparable a la crónica que hizo el P. Wiltgen cuyo título es el mito de que el Rin desembocó en el Tíber: los teólogos de los países bañados por el Rin y sus vecinos habrían hecho desembocar su teología en el CVII (cerca de donde pasa el Tíber), que saldría victoriosa (cf. una de mis primeras recensiones en Revista de Espiritualidad 62 [2003], pp. 643-645). Otros no quieren acentuar interpretaciones así sino más bien verlo desde la clave de la comunión: los documentos conciliares fueron el resultado de la comunión de la Iglesia.
[4] Yves Congar, Diario de un teólogo (1946-1956), ed. de É. Fouilloux, Trotta, Madrid 2004 [2000], 508 págs. Hay escritos congarianos no polémicos, no publicados por la editorial Trotta.
[5] Sobre su ingente tarea “vaticana”, cf. Archivum Bibliographicum Carmeli Teresiani n. 47 (2007), por D. Tomás Sanchis, donde se halla el perfil biográfico y la bibliografía.
[6] Cf. I. Husillos Tamarit (coord. y ed.), El Diálogo. III Seminario Desierto de Las Palmas, Monte Carmelo, Burgos 2007, p. 11.
[7] Herbert Vorgrimler, Karl Rahner. Experiencia de Dios en su vida y en su pensamiento, traducción de Xabier Pikaza, Sal Terrae (Panorama, 7), Santander 2004, 360 págs. Se divide en dos partes: I. Vida, pensamiento, actividades (pp. 29-170; más 8 pp. de fotos); II. Los temas básicos de la teología de Karl Rahner (pp. 171-350). Me refiero solamente a la primera parte, que es la principalmente biográfica.
[8] Cardenal Karl Lehmann – Philip Endean – Jon Sobrino – Günther Wassilowsky, Karl Rahner. La actualidad de su pensamiento, Herder, Barcelona 2004, 152 págs. Reedición de un número de la revista jesuita alemana Stimmen der Zeit, con alguna añadidura.
[9] Card. Franz König, Abierto a Dios, abierto al mundo. Por una Iglesia dialogante, DDB, Bilbao 2007 [original de 2005], 184 págs.
[10] S. Madrigal, Tiempo de Concilio. El Vaticano II según los diarios de Henri de Lubac e Yves Congar, Sal Terrae (Presencia Teológica, 173), Santander 2009, 248 págs.
[11] S. Madrigal, «Recepción del Concilio Vaticano II a 40 años de su clausura», en Revista de Espiritualidad 66 (2007), pp. 191-221.
[12] S. Madrigal, Memoria del Concilio. Diez evocaciones del Vaticano II, Universidad Pontificia Comillas (Biblioteca de Teología Comillas, 13), Madrid 2005, 344 págs.
[13] Su conocida serie titulada: Un periodista en el Concilio. Son 4 tomos de 350 págs., 452 págs., 488 págs. y 574 págs., respectivamente, con varias ediciones cada uno.
[14] Teófilo Pérez, 18 propulsores del Concilio, Ediciones Paulinas, Bilbao 1965 (324 págs.). La lista de los 18 colaboradores: Karl Rahner, Marie-Dominique Chenu, Hans Küng, Oscar Cullmann, mons. Alfred Ancel, Bernhard Häring, Hans Urs von Balthasar, Jean Guitton, Roger Schutz, Max Thurian, mons. Emile J. De Smedt, Henri de Lubac, Marc Boegner, Jean Daniélou, Louis Bouyer, Josef A. Jungmann, Yves Congar y Edward Schillebeeckx.
[15] Léon-Joseph Suenens, Recuerdos y esperanzas, Edicep, Valencia 2000, 392 págs.
[16] S. Madrigal, Vaticano II: Remembranza y actualización. Esquemas para una Eclesiología, Sal Terrae (Presencia Teológica, 120), Santander 2002, 424 págs.
[17] Karen Kilby, Introducción a Karl Rahner, Mensajero, Bilbao 2009, 128 págs. Se sirve, entre otros, de los estudios rahnerianos ingleses del jesuita P. Endean (cf. supra nota 8).

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